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LOS INVISIBLES DEL FUTSAL
Detrás de cada partido hay una red de personas que organiza, acompaña, resuelve y sostiene a los clubes mucho antes de que la pelota empiece a rodar y después de que suene el último silbatazo.
13 de agosto de 2026 a las 6:08 p. m.

Todavía faltan unas horas para que empiece el partido y la cancha está casi vacía. No hay jugadores calentando, no hay hinchas buscando un lugar en la tribuna y la pelota permanece quieta. Sin embargo, el club ya está en movimiento. Alguien acomoda el espacio, otro revisa que no falte nada, alguien prepara la ropa y otro responde mensajes para resolver algún detalle que apareció a último momento. Un entrenador de inferiores termina su tarea y se queda a dar una mano. Un jugador de Primera, que más tarde va a ponerse la camiseta, también colabora. Poco a poco, ese escenario vacío empieza a transformarse. Para quien llega a la cancha, la jornada parece empezar cuando el árbitro hace sonar su silbato. Pero para muchos, empezó mucho antes. El hincha ve 40 minutos de futsal. ¿Pero cuánto trabajo hay detrás de un partido? ¿Qué pasa antes y después de ese tiempo que todos vemos? ¿Quiénes están cuando ya no hay cámaras, público ni aplausos? Son preguntas que pocas veces aparecen cuando se habla de este deporte. El resultado, los goles, las atajadas, las posiciones en la tabla y las actuaciones individuales suelen ocupar el centro de la escena. Es lógico: es lo que ocurre dentro de la cancha y lo que queda registrado. Pero alrededor de ese momento existe otra historia. Una historia hecha de horas, esfuerzo, organización, sacrificios y, sobre todo, pasión. Hay personas que llegan antes que todos y se van cuando ya no queda nadie; que lavan la ropa, preparan la cancha, consiguen recursos, organizan, acompañan, resuelven problemas o simplemente están disponibles cuando alguien necesita una mano. No suelen aparecer en las fotos ni recibir los aplausos del final. Sin embargo, forman parte de cada partido, incluso antes de que la pelota empiece a moverse. Ellos son los invisibles del futsal. Pablo Squillace, mánager de la Primera división de América del Sud e impulsor del proyecto desde sus comienzos, conoce de cerca esa realidad. Hace más de dos décadas que forma parte del club y explica que una de las características de la institución es que muchas personas se fueron formando dentro del propio proyecto, aprendiendo y construyendo el camino mientras avanzaban. En ese recorrido, los roles muchas veces se mezclan. Un viernes, por ejemplo, puede tocar preparar la cancha para el partido del sábado y quienes estén en el club terminan colaborando: técnicos de inferiores, jugadores de Primera o, hasta incluso, el capitán. No necesariamente porque esa sea su tarea específica, sino porque hay algo que hacer y todos entienden que forma parte del mismo lugar al que pertenecen. La escena parece pequeña, casi cotidiana. Pero detrás de ella hay una forma de entender el deporte. En el futsal, muchas veces no alcanza con saber cuál es tu función: hay que estar dispuesto a hacer lo que haga falta. Squillace cuenta que detrás de un equipo aparecen personas que se encargan de detalles humanos cómo hablar con los jugadores, hasta tareas de administración, cómo gestionar viáticos, colaborar con la logística u ocuparse de cuestiones económicas. Son trabajos que forman parte del funcionamiento habitual de un club y que, precisamente por ser habituales, terminan naturalizándose. “Ese laburito que sé que nos gusta no se ve, es invisible”, explica. Y quizás esa sea una de las mejores maneras de definir a quienes sostienen una institución desde afuera de la cancha: su trabajo se nota más cuando falta que cuando está. Porque cuando todo sale bien, nadie se pregunta quién estuvo detrás. El hincha llega y encuentra el club funcionando. Los jugadores tienen lo necesario para entrenar y competir, los equipos pueden cumplir con sus compromisos y cada pieza parece ocupar naturalmente su lugar. Pero nada de eso sucede por casualidad. Detrás de cada decisión hay una persona, una hora de trabajo o un esfuerzo que no siempre queda registrado. Y, muchas veces tampoco existe una estructura enorme que pueda encargarse de cada cosa. Lo que existe es la voluntad de quienes sienten que el club también es suyo.
En instituciones donde los recursos no sobran, sostener una actividad se parece un poco a armar un rompecabezas con piezas que no siempre encajan a la perfección. Hay que encontrar dónde poner cada una, qué se puede resolver con lo que hay y qué hace falta conseguir por otro lado. Squillace lo explica desde la experiencia de América: “No somos un club poderoso desde lo económico. Entonces bueno, a veces tenemos que poner esto acá, tapar eso allá, traer esto de acá y así se va armando". Pero ese rompecabezas no está compuesto solamente de recursos. También de personas. De quienes conocen el club, de quienes aprendieron a resolver sobre la marcha y de quienes aparecen cuando hace falta una mano. Squillace lo resume desde otro lugar: “Si somos varios, las fuerzas se van dosificando. Una vez va uno, otra vez va otro". La frase parece sencilla, pero encierra uno de los mayores desafíos de las instituciones deportivas: que la responsabilidad no recaiga siempre sobre los mismos y que la pasión pueda convertirse en una fuerza colectiva, capaz de sostener aquello que individualmente sería mucho más difícil. Antonio Rosa, presidente de América del Sud, vive esa realidad desde otro lugar. Desde la dirigencia, explica que sostener una estructura de futsal implica mucho más que ocuparse de lo que ocurre durante un partido: hay que conseguir recursos, organizar los equipos, buscar personas para cada función y atender cuestiones médicas, económicas y logísticas. También están las tareas más simples y, al mismo tiempo, indispensables: la indumentaria, la limpieza, la preparación de la cancha, los materiales y todo aquello que permite que la actividad pueda desarrollarse. Muchas veces, esas responsabilidades ocupan horas de la semana de personas que también tienen trabajos, familias y obligaciones por fuera del club. Pero ese esfuerzo no solamente sostiene una estructura deportiva: también sostiene vínculos. Rosa explica que, con el desarrollo del futsal, muchos chicos que terminaban el Baby pudieron continuar su recorrido dentro del club, desde las categorías más pequeñas hasta Primera. No se trataba simplemente de encontrar un lugar donde seguir jugando, sino de construir un espacio propio dentro de la institución, donde esos chicos pudieran crecer, formar parte y sentirse representados por una camiseta. Detrás de una disciplina que fue creciendo, también se fue construyendo pertenencia. Ahí aparece otra de las características de estos invisibles: el tiempo que entregan. Porque no se trata solamente de estar el día del partido. Se trata de contestar mensajes durante la semana, hacer una llamada, conseguir algo que falta, acompañar a un jugador, solucionar un problema o quedarse un rato más cuando todos los demás ya se fueron. El crecimiento de la actividad también genera nuevas necesidades y obliga a las instituciones a buscar constantemente recursos, espacios y herramientas para acompañarla. Y detrás de ese crecimiento hay dirigentes y colaboradores que muchas veces deben encontrar soluciones con lo que tienen. Asimismo, sostener una institución no solamente significa conseguir los recursos para que un equipo pueda jugar. También significa conseguir que aquello que sucede dentro de esas canchas pueda ser visto. Porque hay clubes que trabajan durante toda la semana y, aun así, su realidad queda encerrada dentro de las paredes de una cancha. En un deporte donde todavía hay partidos que no tienen cámaras, transmitir también puede ser una forma de acompañar y de reconocer ese esfuerzo. Y ahí aparece otra manera de sostener la disciplina: hacerlo visible. Sebastián González, más conocido como “El Emperador”, recorre distintas canchas del ascenso y transmite partidos que, de otra manera, muchas veces quedan lejos de la mediatización. Su trabajo comenzó desde la necesidad de darle visibilidad a una disciplina que durante mucho tiempo tuvo poca exposición y terminó convirtiéndose en una ventana para jugadores, familias, clubes e hinchas. Pero después de recorrer tantos espacios, también pudo conocer otra realidad: la de las personas que trabajan detrás de cada equipo y que pocas veces aparecen en la transmisión. Su experiencia también le permitió descubrir que muchas veces el futsal se construye a partir de la necesidad de resolver. No siempre están dadas las condiciones ideales y, frente a eso, aparecen quienes buscan la manera de que las cosas sucedan. “El Emperador” lo define de una manera directa: “Siempre resolver el problema a último momento, siempre experimentar. Siempre improvisar". Ideas simples, pero que para llevarlas a cabo requieren de ganas, dedicación, amor y capacidad de encontrar una salida sostener la actividad. Su cámara muestra el partido. Pero su mirada también le permitió conocer todo lo que sucede alrededor. Delegados, referentes, grupos de padres y madres, utileros y colaboradores forman parte de esa estructura que acompaña a los equipos durante toda la semana. Son personas que conocen a los jugadores, pero también sus historias y las de sus familias. Están desde las categorías inferiores hasta Primera y muchas veces terminan ocupando un lugar que va mucho más allá de una función específica. Están cuando hay que resolver, cuando hay que acompañar y también cuando simplemente hace falta estar. "El Emperador" lo resume de una manera contundente: “La gente ve el uno por ciento, ve el partidito nomás. Pero no sabe todo lo que hay atrás". Ese uno por ciento es lo que llega a la pantalla: los goles, las jugadas, el resultado, los festejos. El resto ocurre lejos de los flashes: durante la semana, en los vestuarios, en los clubes, en las conversaciones, en los viajes, en las tareas que nadie filma y en las decisiones que se toman cuando todavía no hay nadie sentado en la tribuna. Y quizás ahí esté la diferencia entre mirar futsal y conocer el futsal. Porque quien llega solamente para ver un partido puede pensar que la historia empieza cuando los equipos entran a la cancha. Pero para quienes forman parte de un club, la historia empieza mucho antes. Empieza con una puerta que alguien abre, una cancha que alguien prepara, una camiseta que alguien lava, una pelota que alguien consigue, un mensaje que alguien responde o un problema que alguien decide solucionar. También continúa después del último silbatazo, cuando los jugadores se cambian, los hinchas empiezan a irse y las cámaras se apagan. Todavía queda guardar, ordenar, limpiar, cerrar y pensar en el próximo entrenamiento o en el próximo partido. Por eso, hablar de los invisibles del futsal no es hablar solamente de quienes tienen un cargo dentro de un club. Es hablar de una red mucho más grande de personas que, desde distintos lugares, hacen que el deporte siga vivo. Algunos son dirigentes, otros entrenadores, delegados, utileros, jugadores, familias, referentes o comunicadores. Algunos reciben un sueldo y otros ponen horas sin esperar nada a cambio. Algunos llevan años y otros recién empiezan. Pero todos comparten algo: están presentes cuando todavía no hay goles para festejar ni derrotas para lamentar. Quizás el verdadero valor de su trabajo esté justamente en que no necesitan aparecer para que se note su importancia. La cancha está lista, la camiseta espera, el equipo sale a jugar y la transmisión comienza. Todo parece ocupar su lugar. Pero detrás de esa aparente normalidad hay personas que pusieron tiempo, esfuerzo y pasión para que las piezas encajaran una vez más. La próxima vez que un hincha entre a una cancha de futsal, quizás pueda detenerse unos segundos antes de mirar la pelota. Mirar alrededor. Ver quién llegó primero, quién está preparando algo, quién sigue trabajando mientras todos esperan que comience el partido. Porque detrás de cada camiseta hay mucho más que un jugador y detrás de cada resultado hay una historia que rara vez aparece en el marcador. Hay personas que pusieron su tiempo, su esfuerzo y su pasión para que todo aquello pudiera suceder. La pelota rueda. El partido termina. Las cámaras se apagan y las tribunas empiezan a vaciarse. Pero ellos siguen estando. Los invisibles del futsal.
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