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DE CALI A LA ETERNIDAD: A UNA DÉCADA DEL PRIMER TÍTULO DEL MUNDO DE LA SELECCIÓN ARGENTINA DE FUTSAL
La reconstrucción de una hazaña colectiva liderada por Diego Giustozzi y sus dirigidos, cuyo impacto sembró las bases de un equipo consolidado hoy en la élite global.
1 de octubre de 2026 a las 11:48 p. m.

El futsal es un deporte de fricción, pisos que queman y un sonido ensordecedor: el chillido seco de las suelas de goma frenando a cero en una milésima de segundo. Pero el 1 de octubre de 2016, en el Coliseo “El Pueblo” de Cali, el ruido que rompió la tarde colombiana fue otro. Fue una chicharra. El de un reloj clavado en 00:00 y un tablero luminoso que parecía un delirio de ficción bajo la mirada del árbitro principal, el español Fernando Gutiérrez Lumbreras: Argentina 5 - Rusia 4. Hoy, a exactamente diez años de ese segundo eterno, la memoria colectiva suele refugiarse en la foto del podio. Sin embargo, la verdadera historia de esa Copa del Mundo no se definió en la ceremonia de premiación, sino en el día a día de los vestuarios de Bucaramanga y Cali. Se construyó en la convivencia descalza de catorce hombres que viajaron a Colombia convencidos de que el orden táctico era una religión, pero que la hermandad era el único blindaje posible. Fue la primera vez que la Selección Argentina levantaba la Copa del Mundo de la FIFA, quebrando para siempre la hegemonía histórica de Brasil y España, y superando aquel lejano cuarto puesto de China Taipéi 2004. Para entender cómo se gestó el equipo que derribó los conceptos tradicionales, hay que espiar por la cerradura de los vestuarios previos a los entrenamientos oficiales. Mientras el cuerpo técnico comandado por Diego Giustozzi estudiaba y armaba la pizarra, los jugadores lidiaban con la ansiedad de la espera. Fernando Wilhelm, capitán y posterior Balón de Oro de aquella conquista, retrocede en el tiempo para rescatar el verdadero búnker afectivo del equipo. Explica que los momentos que más disfrutaban se daban justamente en las previas de las prácticas, cuando el plantel debía esperar pacientemente a que la selección que utilizaba el turno anterior desocupara la cancha. En ese espacio reducido, rodeados por el olor a linimento y los termos de acero, el tiempo muerto se transformaba en pura complicidad. "Hacíamos juegos, nos reíamos mucho, la pasábamos muy bien", confiesa Wilhelm. El líder de aquel plantel revela un detalle de la intimidad competitiva de esos días: "A veces nos terminábamos demorando para salir al entrenamiento porque teníamos que terminar alguna ‘competencia’ que había surgido". En esas batallas informales se forjó el gen de un grupo que en la cancha jugaba de memoria. El viaje mundialista obligó al grupo a mutar su piel partido a partido. Argentina integró el Grupo E y jugó toda su primera fase en la sede de Bucaramanga, clasificando en el primer puesto de forma invicta. El debut fue un partido durísimo ante la complicada Kazajistán, donde los dirigidos por Giustozzi se impusieron por la mínima. Luego llegó el desahogo goleador frente a Islas Salomón por 7-3 y el llamado de atención con el empate 2-2 ante Costa Rica. Con la clasificación en el bolsillo, la verdadera fortaleza del grupo se templó en los mata-mata. Los octavos de final contra Ucrania se transformaron en un thriller psicológico de cuarenta minutos con los arcos cerrados, resuelto con un agónico 1-0 en la prórroga que unió más que nunca a los compañeros en el hotel. Después de despachar a Egipto con un contundente 5-0 en cuartos, el destino los plantó en Cali ante la Portugal de Ricardinho, uno de los mejores futsalistas en la historia. Esa semifinal fue una obra de arte colectiva: una paliza táctica de 5-2 donde la marca escalonada anuló por completo a las individualidades portuguesas los condujo directo a la gran cita con la historia. A contramano de lo que se suele contar, este plantel nunca necesitó una charla a los gritos para reaccionar en medio del torneo. Wilhelm desarma ese mito y asegura que no sufrieron ningún quiebre a nivel grupal durante el Mundial. El capitán analiza que la mentalidad ganadora se gestó mucho antes, cuando comenzó el proceso clasificatorio con la llegada del nuevo cuerpo técnico. "Nos metimos la idea en la cabeza de que sería muy difícil pero no imposible, y lo llevamos adelante de ahí en más", afirma el cierre argentino. Para Wilhelm, el éxito radicó en la aceptación de un plan maestro: "Todos desde el primer momento estuvimos convencidos de que era el camino. Fue un mix de sinergia grupal, de experiencias vividas juntos y de una bajada de línea altamente exigente desde el cuerpo técnico". La tarde de la gran final contra Rusia, el vestuario era un santuario de miradas fijas. No hacían falta discursos épicos. Giustozzi mandó a la cancha su quinteto de memoria: Nicolás Sarmiento bajo los tres palos, Cristian Borruto, Fernando Wilhelm, Alan Brandi y Pablo Taborda. Enfrente, el estratega Sergey Skorovich plantó su bloque ruso con Gustavo, Chishkala, Eder Lima, Robinho y Davydov. Wilhelm detalla que el plantel arrastraba una enorme ansiedad por salir a jugar, acumulando esas ganas desde el pitazo final contra Portugal. El capitán admite que eran conscientes de que estaban a punto de entrar en un terreno desconocido para todos, pero aclara: "Estábamos totalmente enfocados en lo que teníamos que hacer y confiados de nuestras armas". El partido fue una batalla de ajedrez a máxima velocidad. Alamiro Vaporaki clavó el 1-1 instantáneo apenas un minuto después del gol de Eder Lima. Luego, Leandro Cuzzolino marcó de sexta falta para irse al descanso arriba. El inicio del segundo tiempo fue una ráfaga de Alan Brandi, quien estiró la ventaja con dos goles idénticos en sesenta segundos. Cuando Constantino "Kiki" Vaporaki firmó el 5-2 con una jugada de arquero-jugador faltando dos minutos, el banco argentino ya saboreaba la gloria. Pero el futsal no sabe de finales pacíficos. Rusia mandó al arquero-jugador a la cancha y redujo la distancia a pura presión. Lyskov puso el 5-3 a los 38 minutos y, a falta de solo 19 segundos, Eder Lima selló su triplete de penal para clavar el 5-4. Fueron 19 segundos agónicos, con el banco argentino de pie, abrazado, mirando la figura gigante de Sarmiento —quien se terminaría consagrando con el Guante de Oro como el arquero menos vencido del certamen— resistiendo los últimos ataques frente a una pelota que quemaba, hasta que la chicharra sonó y desató el llanto albiceleste.

Diez años después, el valor de aquella tarde se agiganta frente al espejo del tiempo. La historia posterior demostró que lo de Colombia no fue una casualidad efímera: la Selección Argentina consolidó su lugar en la élite mundial con los subcampeonatos de Lituania 2021 ante Portugal y Uzbekistán 2024 frente a Brasil. Sin embargo, la base de todo se fabricó en 2016. Para Wilhelm, el paso del tiempo dejó en claro la verdadera dimensión de lo conseguido. A nivel personal, el título se transformó en una suerte de reconciliación con su propia historia en el deporte, el premio mayor a una carrera construida a base de perseverancia en épocas donde el futsal argentino se jugaba lejos de las luces y los grandes presupuestos. El capitán confiesa que, a la distancia, mira aquella gesta como el desenlace justo de un viaje larguísimo. "El premio fue a la dedicación de tantos años y a la insistencia permanente", reflexiona con serenidad, dejando en claro que la gloria fue el resultado de un esfuerzo puramente colectivo. A una década de la hazaña, cuando los flashes ya se apagaron y el orgullo cotidiano se transforma en un recuerdo silencioso, Wilhelm admite que ese sentimiento no vive en él diariamente, pero advierte: "Sí emerge de vez en cuando". Emerge hoy, cada 1 de octubre, cuando el calendario nos obliga a recordar que la gloria eterna no le pertenece a las individualidades. Le pertenece a un grupo de catorce jugadores de la pelota que se cuidaron las espaldas como hermanos, cambiaron el ADN de un deporte para siempre y demostraron que para ser eternos, primero hay que aprender a ser un equipo.
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Fuente: .PrimerPalo.

